—No es gran cosa recordar únicamente que era hermosa —le dijo el amable director al señor Zaturecky—. Hay muchas mujeres hermosas. ¿Era alta o baja?
—Alta —dijo el señor Zaturecky.
—¿Era rubia o morena?
El señor Zaturecky se detuvo a reflexionar y dijo:
—Era rubia.
Esta parte de la historia podría servir de parábola sobre la fuerza de la belleza. El señor Zaturecky, cuando vio por primera vez a Klara en mi casa, se quedó tan deslumbrado que en realidad no la vio. La belleza formó ante ella una especie de cortina impenetrable. Una cortina de luz tras la cual estaba escondida como si fuera un velo.
Es que Klara no es ni alta ni rubia. Fue la grandeza interior de la belleza, nada más, la que le dio, ante los ojos del señor Zaturecky, la apariencia de altura física. Y la luz que la belleza irradia le dio a su pelo apariencia dorada.
Así fue cómo, cuando el hombrecillo llegó por fin al rincón del taller en donde Klara se inclinaba nerviosa sobre una falda a medio coser, vestida con su bata marrón de trabajo, no la reconoció. No la reconoció porque jamás la había visto.
Para el que no conozca a Kundera, le recomiendo "La insoportable levedad del ser" y "El libro de los amores ridiculos" del que he sacado este fragmento... son libros llenos de sutiles detalles.. de pequeñas perlas, que son dignas de ser encontradas.
lunes, 9 de marzo de 2009
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