lunes, 9 de marzo de 2009

Un fragmento de Kundera

—No es gran cosa recordar únicamente que era hermosa —le dijo el amable director al señor Zatu­recky—. Hay muchas mujeres hermosas. ¿Era alta o baja?

—Alta —dijo el señor Zaturecky.

—¿Era rubia o morena?

El señor Zaturecky se detuvo a reflexionar y dijo:

—Era rubia.

Esta parte de la historia podría servir de parábola sobre la fuerza de la belleza. El señor Zaturecky, cuando vio por primera vez a Klara en mi casa, se quedó tan deslumbrado que en realidad no la vio. La belleza formó ante ella una especie de cortina impe­netrable. Una cortina de luz tras la cual estaba escon­dida como si fuera un velo.

Es que Klara no es ni alta ni rubia. Fue la grande­za interior de la belleza, nada más, la que le dio, ante los ojos del señor Zaturecky, la apariencia de altura fí­sica. Y la luz que la belleza irradia le dio a su pelo apariencia dorada.

Así fue cómo, cuando el hombrecillo llegó por fin al rincón del taller en donde Klara se inclinaba nerviosa sobre una falda a medio coser, vestida con su bata marrón de trabajo, no la reconoció. No la reco­noció porque jamás la había visto.


Para el que no conozca a Kundera, le recomiendo "La insoportable levedad del ser" y "El libro de los amores ridiculos" del que he sacado este fragmento... son libros llenos de sutiles detalles.. de pequeñas perlas, que son dignas de ser encontradas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario